
Hace escasos días conocí a la mujer que compartirá su vida conmigo.
Lo supe cuando me pidió la cuenta del chocolate con churros que se había tomado y al levantar el brazo derecho de su camisa sin mangas se asomaron esos finos y delicados hilos castaños que tanto me vuelven loco.
Por unos instantes casi pierdo el conocimiento, tuve que sentarme en un taburete creyendo que me caía al suelo, fueron segundos pero para el que padece dicho golpe parecen minutos, al irme recuperando del brutal impacto tome la precaución de no volver a mirar mas aquella parte de su cuerpo por si recibía otro shock.
Al llevarle la cuenta me quede paralizado por tanta belleza, pude articular algunas estúpidas frases para captar su atención, me dijo que había venido otras veces, y yo le dije que desde que está mi compañera de trabajo ella es la que mas atiende las mesas, pero ahora esta de baja y me alegre enormemente de que así fuera.
Se ha trasladado hace poco a esta zona porque tiene su trabajo cerca de la churrería y me dijo que iba a volver el sábado que se llama Angela.
Es muy difícil encontrar una mujer así, los pelos de sus sobacos eran perfectos, debían medir unos 6 centímetros la medida ideal para poderlos chupar bien, ni muy pequeños que no los puedes agarrar, ni muy grandes que te puedes atragantar, que feliz soy, lo que llevas buscando desde hace años puede aparecer como la cosa mas normal del mundo.
Recuerdo cuando conocí a Raquel, ocurrió exactamente igual y cuando quedé el primer día con ella se había puesto tan guapa y arreglado tanto, tanto, que hasta se había depilado los sobacos amputando con ellos el amor que sentía por ella.
Nunca fui capaz de decírselo. Pido al cielo que Angela no haga lo mismo el sábado.












